viernes, 24 de septiembre de 2010

Eduardo Bárcenas:el rostro otro.Museo de Bellas artes de Caracas

EDUARDO BARCENAS: el rostro otro
Rostros descendientes del rayo y la tormenta se instalan desafiantes sobre la tela y, cuarteados por el hastió sufriente, gritan directamente al espectador que deben trasponer el largo umbral de una larga espera sin tiempo y sin espacio, De la serie máscaras para un concilio (2002). Rostros que insistentemente se concentran en el Río de la noche (2003), expresando lo que Nacimiento (2004), explora en su desgarramiento expresionista. El universo temático de Eduardo Barcenas, se fragua en el testimonio visual del hombre escindido y atrapado en la angustia existencial de su contemporaneidad. Aquí, lo visible remplaza el ideal racional de lo bello, como diría Marc Le Bot; pero también lo visible se sumerge en la catarata atropellada de un sentimiento que, si desconcierto, tiene conciencia de su individualidad para despejar signos que emergen de lo más profundo de su ser racional y espiritual. y así comunicarse con el espectador con energía creadora.

Una mutación del expresionismo se opera en la obra de Eduardo Barcenas. El artista se aventura fuera de lo convencional de esta vanguardia histórica, para reconstruir, en manchas y gesto, el rostro más en expresión que en realidad figurativa. Sin asignar limites al espacio pictórico, las formas lo pueblan moviéndose a su libre albedrío, La cinta verde (2000) e Inducción 2001. Simultáneamente plantea el silencio como parte del tema y del discurso plástico. He allí una paradoja que se resuelve en la síntesis de los dos conceptos. El suyo es un silencio lleno de significados sobre los que actúa la fuerza de un enigma escondido, paradigma de sus propias contradicciones, Vitrina . Se sitúa entonces en el asumir la representación de una imagen clásica el rostro, para convertirla en la referencia de un asunto profundamente humano ligado a los delirios de sus alucinaciones y sus inmersiones socialmente contextuales. El artista se acerca a una ideología humanista donde la mas importante es tener una máscara para un concilio, ejemplo Ahora la culpa es mía.
Esta pintura, generalmente de grandes formato y con el blanco como protagonista cromático, se resuelve en la fuerza del gesto, del trazo y de las grandes manchas monocromáticas, son formas figurativas en proceso de deconstrucción ligadas a su propio entorno y al texto que en algunos casos le sirve de fondo, y otros ligadas a su propio vació. Eduardo Barcenas privilegia la pintura casi en forma canónica. Se adentra en el interior de si mismo y de lo que quiere decir, para, desde el punto de vista lo artístico más puro, asumir la responsabilidad de su quehacer y humildemente mostrar el espacio de una estructura plástica inédita.


Bélgica Rodríguez
Caracas Noviembre 2005






LAS MÁSCARAS, DE BÁRCENAS Y SEGÚN BÁRCENAS



El concilio, que es una junta para tratar alguna cosa, no significa,
necesariamente, conciliación; menos aún si ese concilio es de máscaras:
es de esperarse que no quieran dejar de ser máscaras. Están
las máscaras reacias a reconocer sus posibles acuerdos y por eso,
una puede matar a la otra, o al menos intentarlo; puede una quitarle
la vida a la otra o eliminarla en otros términos: subyugándola o
sometiéndola a sus infames caprichos o a sus reductores dogmas.
La humanidad sabe –o ya debería saber– bastante de esos atentados
contra el espíritu, contra la pluralidad que es su esencia.
De todos modos el camino sigue y sigue la Historia, con sus
Abel y sus Caín, con sus interminables guerras santas, con sus sacrificios
a las ideologías triunfantes, con sus credos indiscutibles, y
junto a la Historia, a la par de ella y como parte de ella, avanza la
“orgullosa hermana muerte”, que para cada quien aparece a la hora
y en el lugar por ella dispuesto.
No sé si adrede, Bárcenas retoma en Máscaras para un concilio:
el rostro otro, esa terrible y aleccionadora visión de Dante en
el Infierno:
…tan larga fila
de gente, que no habría creído yo
que la muerte hubiese deshecho tanta.
La misma que Eliot reescribió a principios del siglo XX en La
tierra baldía:
…una multitud fluía por el Puente de Londres,
tantos, no creí que la muerte hubiese
deshecho a tantos.
La misma que en el siglo XV en España se muestra descarnada
en La Danza de la Muerte por boca del contador:
Llegué a la muerte e vi desbarato
Que fazía en los omes con gran osadía…
Aunque andando en ese mismo talante, inscrito en ese estremecimiento
secular, no se queda Bárcenas preso en el terror existencial.
A su modo, da cuenta de la Historia, aun la bíblica y por
supuesto, la que él mismo vive. La Historia y su visión personal
de ella y de sí mismo se entretejen, constituyen el diálogo que es
Máscaras para un concilio: el rostro otro, para que el espectador
participe –en el caso de que no dé la espalda y se marche o sólo
vea sin mirar ni sentirse “tocado” por las máscaras–. Si se queda y
sigue el curso planteado (o sugerido) por Bárcenas, posiblemente
vea otro lado de su ser ciudadano, de su lugar en la polis. Ya no
será un testigo distante e indiferente; podrá usar su propia máscara
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y, al mismo tiempo, sentirse descubierto. Podrá llevar su propia
corona de espinas, esa que Bárcenas le ofrece, y vivir un episodio
revelador de su propia vida y luego seguir, no crucificado, pero sí
interpelado, incluso visto por otros: estar ante el Río de la noche y
ser visto por esos otros testigos que Bárcenas le impone.
A cambio de tanta exigencia, Bárcenas se da a la franqueza
y muestra sus otros rostros, incluidos aquellos en los que él mismo
no se reconoce y sólo barrunta. Queda claro que se trata de un
intercambio, de proponer una relación comúnmente negada en la
cotidianidad. Un artista que no pacta con las fuerzas que suelen
sobreponerse al arte o pretenden disolverlo en el ingente reino de
las mercancías. No tiene otra opción: se siente obligado a mostrarse
con su desesperación creadora, con sus ruindades y con sus errores.
Ya no es artista para las complacencias esperadas, para el lenguaje
(sea cual fuere ese lenguaje) que busca la aprobación inmediata y
segura; es artista para decir, contradecir y desdecir. Y está el riesgo
de esa tarea: mostrar nuestras bajezas, nuestros mortales dogmas,
expresarlos con dos máscaras que se disputan una cinta verde con
la fuerza de sus mandíbulas y la presión de sus dientes, máscaras
cuyos ojos vacíos delatan su humanidad perdida, su ser ciudadano
volatilizado por la ambición. Alguien se sentirá cuestionado, en entredicho,
por la máscara que flota sobre y rodeada por el discurso
incomprensible y aliviador que la sostiene, a ella sola, lejos de todo
y de los demás.
No se trata de que Bárcenas se empeñe en revivir una fatalidad
arrumada en los basureros de la historia del arte. Tampoco será
exagerado afirmar que el artista (¿hará falta la mayúscula inicial
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de esa palabra para diferenciar?) sonsaca y se sonsaca, sino de que
pertenece firmemente a su tiempo. Ve al Rey de corona pequeña y
posiblemente crea que solamente es aquel a quien él personalmente
se opone, pero, sin quererlo, también retrata al que él admira
o al menos respeta. Su condición de artista, que en este caso es
la que vale, le hace ver y mostrar la pequeñez de cualquier rey.
¿Acaso no dice la muerte en su danza?:
Rey fuerte, tirano, que siempre robastes
todo vuestro reino e fenchistes el arca,
de fazer justicia muy poco curastes,
según es notorio por vuestra comarca.
La gente, la sociedad, que aún no es comunidad, no queda fuera
del mirar y del mostrar de Bárcenas. Alguna gente mira a los que
siguen el curso (así sea un curso a su antojo) de Máscaras para un
concilio: el rostro otro, pero otra gente sólo puede ser vista en su
condición pasiva, en su humanidad desdibujada, en su ciudadanía
maltrecha, ganada por el medro o el afán de nombradía. Queda esta
gente para ser vista, examinada, en la mezquindad que cultiva y
la envanece.
Surge, entonces, de ese contraste entre el darse de Bárcenas y
su intención de enseñarnos cuanto ve de los otros y de sí mismo, el
reconocimiento del dolor ajeno y del propio, que a la larga –¿o a la
corta?– son uno y el mismo, y es también “el rostro otro”, ese que
no queremos o no nos conviene ver. Al no ser comunidad, al ser
sólo máscaras coincidentes en un espacio y en un tiempo, no se garantiza
que el concilio sea conciliación. El “rostro otro” exige darse
cuenta de…, vivir, ser, y no actuar como…, ceñido a lo esperado, a
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lo previsto por las fuerzas dominantes, subrepticia o abiertamente,
del mundo.
Pase lo que pase, aun con el rostro del todo, o a medias, o apenas
vendado, hay una barca que nos espera: la barca renegada pero
segura. Sea cual fuere nuestra manera de entender o ejercer la condición
humana y la ciudadanía, desembocamos en esa mar inevitable
que cierra los ojos y corta el aliento. Entre el punto de partida,
con o sin conciencia, y el punto del adiós, median años que llevan a
pensar lo que Krisna le dijo a Arjuna: “Combate como si el combate
sirviera para algo; trabaja como si el trabajo sirviera para algo”.
Máscaras para un concilio: el rostro otro es, en muchos sentidos,
arte visual, teatro y versión plástica de cierta literatura. La indagación
y la inquietud creativas de Bárcenas le obligan a conjugar
esos lenguajes, a no conformarse con alguna respuesta o sugerencia
unidimensional. De no ser así, se sorprendería en el popular territorio
de la impostura y creo yo que renunciaría al intento de ser
artista. Las máscaras de Bárcenas, y según Bárcenas, obligan a la
reflexión, nos llevan a preguntarnos cuál de las máscaras expuestas
es la nuestra o si estamos decididos a dejar la que llevamos para ver,
o entrever, el “rostro otro” y sus transfiguraciones. En ese límite ardoroso
deberíamos movernos si nos vemos retratados en Máscaras
de trapo o en algunas de esas vitrinas abarrotadas de máscaras.
En todo caso, el ver y el sentir inconformes tienen la última
palabra y a ello procura llevarnos Bárcenas con su abigarrado e
insistente concilio de máscaras.


Mario Amengual
Poeta








Eduardo Bárcenas
El Rostro Otro.
Museo de Bellas Artes de Caracas
Abril 2006





Los pueblos y sus culturas perecen aislados, pero nacen y renacen en contacto con otros hombres y mujeres, con hombres y mujeres de otra cultura, otro credo, otra raza. Si no reconocemos nuestra humanidad en otros, no podremos reconocerla en nosotros mismos.
Carlos Fuentes

Conocido por su sensible habilidad de comunicar los deseos, frustraciones, angustias, y pasiones del ser humano, Eduardo Bárcenas no deja de asombrar en su capacidad para inventar dentro de la sólida continuidad de su temática, que es una constante reflexión sobre lo humano, un proceso de [re]interpretar y [re]descubrir el Ser y el Otro.

Bárcenas comienza su trayectoria con el paisaje, como tantos otros artistas venezolanos radicados en Aragua, y se pasea por estilos clásicos, románticos y líricos, hasta llegar a una síntesis expresionista e informalista muy personal donde queda afirmada su identidad latinoamericana. La figura se entreteje con el paisaje y luego se impone en él. Éste deja los convencionalismos tomando forma de escritura y lenguaje de símbolos gráficos míticos, poéticos e históricos. Las formas y composiciones se van simplificando y permutando pero jamás abandonan su expresividad. Los materiales y las técnicas se vuelven cada vez más experimentales y diversos. Pero el rostro humano, su huella o forma tangible, sigue siendo el contenedor evolutivo y múltiple de toda emoción y sensación.

Como un hechicero, Bárcenas adivina e invoca, induciendo al espectador que experimente un sinfín de sentimientos a través de su gestual pincelada y sensual caligrafía. El trazo agresivo transmite una retórica, violenta y furiosa pero controlada, sobre la condición humana: social, política y emocional, contemporánea e histórica. Es allí donde se vislumbran acciones y reacciones contenidas, veladas. La figura humana –el rostro- deviene expresión del control y la ruptura, del deseo y la represión, de la apariencia y la desaparición. Interpreta el silencio, que oculta con su estruendo. Así, el artista llega a una realización esencial del Ser a través del Otro.


Esperanza León
Febrero 2006
East Hampton, New York, EE.UU

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